Hacer cosas para aparentar no es nuevo. A la gente siempre le ha gustado enseñarle a sus vecinos, amigos o compañeros de trabajo la mejor cara de sí mismos, incluso la que no se corresponde nada con la realidad. Antes se hacía en los parques, en las terrazas más concurridas y en los guateques, y ahora ese afán por mostrarse a los demás ha encontrado su mejor aliado en las redes sociales. O más bien en otro tipo de redes sociales, las 2.0.
Desde que Twitter o Instagram se han convertido en el perfecto escaparate de uno mismo y también, por qué no decirlo, en una fuente inagotable de nuevos términos -no siempre acertados-, esta pose, apariencia o impostura ha pasado a llamarse postureo. Y el postureo sigue tratando de lo mismo, aunque ahora se acompañe de fotos, filtros, tuits y geolocalizaciones de lo más inverosímiles: hacer algo, a veces poco coherente con nosotros mismos, buscando el reconocimiento de los demás.
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